Hemos llegado a un punto en el que mi iPhone sabe prácticamente todo sobre mí. Sabe dónde estoy, por dónde he pasado, qué restaurantes he mirado, qué cosas he comprado, qué canciones escucho, qué vídeos me gustan, qué páginas visito y, probablemente, hasta sabe que esta mañana he abierto la nevera tres veces esperando que apareciera mágicamente algo interesante dentro.

Mi iPhone conoce mi ubicación con una precisión que ya quisieran muchos familiares. Si me muevo dos calles, lo sabe. Si entro en una tienda, probablemente también. Si busco en internet un bolso, al día siguiente tengo anuncios de bolsos hasta en la sopa. Si una noche miro una receta de tortilla de patatas, de repente parece que el algoritmo ha decidido que mi gran pasión vital es la gastronomía española. Y, sin embargo, hay una cosa que mi iPhone no consigue averiguar. Dónde he dejado las llaves. Sin un elemento externo es incapaz de saber lo que realmente me deja sin sueño…

Esto, señores de Apple, me parece un fracaso tecnológico de proporciones históricas.

Tenemos inteligencia artificial. Tenemos reconocimiento facial. Tenemos asistentes de voz. Tenemos mapas capaces de llevarnos a una cafetería que está en una calle que no sabíamos ni que existía. Tenemos sensores que saben si estamos caminando, corriendo, montando en bicicleta o probablemente fingiendo que hacemos ejercicio. Pero cuando pregunto dónde están las llaves, mi iPhone se queda tan tranquilo.

Y aquí es donde empieza mi relación de amor y odio con la tecnología. Porque resulta que mi teléfono sabe dónde estoy en todo momento, pero no sabe que llevo veinte minutos recorriendo la casa preguntándome dónde las habré puesto.

Sabe qué compro, pero no que las llaves están debajo del recibo de la compra que hice ayer. Sabe qué quiero ver, pero no que estoy mirando debajo del sofá porque tengo la sospecha de que las llaves han decidido independizarse. Sabe qué música me gusta, pero no que en este momento lo único que quiero escuchar es el sonido de unas llaves cayendo sobre una mesa. Y lo más curioso es que, cuando finalmente las encuentro, siempre están en un sitio perfectamente absurdo.

En un bolsillo que juraría que no he utilizado. Dentro del bolso, pero en un compartimento que nunca uso. Encima de la mesa, aunque llevo diez minutos asegurando que ya había mirado encima de la mesa. O, directamente, en mi mano. Sí. También me ha pasado… Y aquí es cuando pienso que quizá la inteligencia artificial todavía tiene muchísimo margen de mejora… Llevamos años escuchando que nuestros dispositivos van a anticiparse a nuestras necesidades, van a aprender de nuestros hábitos y van a comprender nuestro contexto. Que la inteligencia artificial va a saber qué necesitamos antes incluso de que se lo pidamos. Pues estupendo. Yo necesito que encuentre mis llaves. No necesito que me sugiera una película que probablemente no voy a ver, ni que me diga que llevo caminando 4.328 pasos, o me recuerde que tengo una reunión dentro de 35 minutos porque, sinceramente, esa reunión ya lleva toda la mañana ocupando espacio en mi cerebro. Quiero las llaves.

Y aquí aparece otra paradoja maravillosa de la vida tecnológica. Tengo un dispositivo capaz de detectar mi ubicación con una precisión casi inquietante, pero para encontrar un objeto que está a tres metros de mí necesito utilizar otro dispositivo, ponerle una batería, acordarme de que existe, abrir una aplicación y esperar que yo haya tenido la previsión de ponerle un AirTag. Porque sí, claro. Si he colocado un AirTag en las llaves, puedo encontrarlas. Pero ahí está la trampa. Para utilizar tecnología que me ayude a encontrar las llaves tengo que acordarme de poner tecnología en las llaves.

Y si soy capaz de acordarme de hacer eso, probablemente también soy capaz de acordarme de dónde las he dejado.

Es una especie de círculo tecnológico perfecto.

Pero yo sigo esperando más. Porque si mi iPhone sabe que estoy en casa, y que hace veinte minutos estaba en la entrada, sabe que después he ido a la cocina y que luego he vuelto al dormitorio, quizá podría hacer algo más. Podría decirme, por ejemplo: «Has entrado en casa, has dejado las llaves en algún sitio y desde entonces no las has vuelto a utilizar. Te recomiendo mirar encima de la cómoda».

Eso sí sería inteligencia.

Cuanto más años llevo utilizando tecnología, más me doy cuenta de que esa es quizá la gran paradoja de nuestra época. Tenemos dispositivos cada vez más inteligentes para resolver problemas cada vez más sofisticados y seguimos teniendo exactamente los mismos problemas absurdos de toda la vida.

Antes no encontraba las llaves. Ahora tampoco.

La diferencia es que antes simplemente las buscaba.

Ahora las busco mientras tengo en la mano un teléfono móvil  potentísimo que sabe dónde estoy, qué he comprado, qué quiero ver esta noche y probablemente que llevo tres días mirando una chaqueta que no necesito.

Empiezo a pensar que quizá el problema no sea la tecnología.

Quizá Apple ha descubierto algo que nosotros todavía no queremos aceptar. Que hay determinadas cosas que ningún algoritmo puede solucionar…

2 respuestas a «Mi iPhone sabe dónde estoy, qué compro y qué quiero ver… pero no sabe dónde he dejado las llaves»

  1. Avatar de lollapaloozascrumptiously798c9a238c
    lollapaloozascrumptiously798c9a238c

    Me encanta soy yo

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  2. Avatar de Isazul Site
    Isazul Site

    Y yo!!! Y eso que tengo un AirTag de Apple y otro de Ugreen!!! Jajaja

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