Hay una cosa que Apple lleva años intentando ocultar con mucho diseño minimalista, muchas animaciones suaves y esa tipografía que parece haber sido dibujada por un diseñador que jamás ha necesitado entrecerrar los ojos para leer el menú de un restaurante, y es que Apple diseña para gente que ve perfectamente.

Reconozcamos que Apple tiene una relación muy particular con el tamaño de las cosas. Los iconos pueden ser preciosos, las interfaces pueden tener una cantidad de aire alrededor suficiente para ventilar un piso de tres habitaciones, pero cuando llega el momento de leer algo importante parece que el sistema operativo ha decidido susurrármelo desde la otra punta de la habitación.

Y ahí empieza mi rutina diaria. Cojo el iPhone, lo alejo, lo acerco. Lo vuelvo a alejar. Me quito las gafas. Me pongo las gafas. Inclino la cabeza ligeramente hacia la derecha, como si estuviera intentando sintonizar una emisora de radio con la retina. Y finalmente aumento el tamaño de la letra, pero no demasiado porque en los Ajustes si lo aumento mucho, acapara toda la pantalla… un despropósitos en el que se ve una pantalla en la que ahora caben aproximadamente cuatro palabras y media. Eso por no comentar que algunas aplicaciones empiezan a comportarse como si hubieras cometido un delito. Botones que desaparecen, textos que se cortan, menús que parecen diseñados para un iPhone con pantalla de tres metros…

Y no me malinterpretéis. No estoy pidiendo que Apple diseñe un iPhone para personas que necesitamos una lupa industrial. Solo estoy diciendo que quizá estaría bien recordar que los ojos humanos tienen la desagradable costumbre de cumplir años y algunos encima vienen con defectos de fábrica (como los míos). Apple parece vivir en un mundo en el que todos tenemos veinte años, pupilas de halcón y una capacidad sobrenatural para distinguir un icono gris clarito sobre un fondo gris ligeramente menos clarito. Porque otra cosa que me fascina es el contraste. Apple adora los colores discretos. Todo tiene que ser elegante, sutil, refinado. El problema es que hay una línea muy fina entre «minimalista» y «no veo absolutamente nada». Hay interfaces de Apple en las que miro la pantalla y pienso que seguramente todo funciona perfectamente, pero que mi vista y yo hemos sido expulsadas del proyecto durante la fase de diseño… La primera versión de la Beta de Liquid Glass fue horrible para mi vista. No distinguía nada.

Y luego está ese maravilloso concepto de esconder cosas. Antes teníamos botones. Botones que eran botones y que, por lo tanto, sabíamos que eran botones. Ahora tenemos gestos. Desliza aquí. Mantén pulsado allá. Toca dos veces. Desliza hacia arriba, pero no demasiado. Mantén pulsado, pero no tanto. Y si no encuentras la opción, seguramente está escondida detrás de tres puntos diminutos que, casualmente, tienen el tamaño exacto de una mota de polvo. 

La filosofía parece ser que cuanto más caro es el dispositivo, menos evidente tiene que resultar cómo utilizarlo. Y yo ya estoy en esa etapa de la vida tecnológica en la que no quiero que mi teléfono me ponga pruebas de habilidad. Quiero que me diga dónde está cada cosa. Quiero botones grandes. Quiero letras que pueda leer sin necesidad de iluminación quirúrgica. Quiero iconos que no parezcan sellos de correos. Quiero que cuando aparezca una notificación pueda saber qué demonios pone sin tener que acercarme el iPhone a la cara hasta que Face ID empiece a preguntarse qué clase de amenaza biológica tiene delante.

Lo curioso es que Apple presume, con razón, de accesibilidad. Tiene opciones magníficas para adaptar sus dispositivos a diferentes necesidades. El problema es que a veces parece que para utilizarlas primero tienes que demostrar que las necesitas. Y ahí está la contradicción. Apple es capaz de diseñar funciones extraordinariamente sofisticadas para hacer la tecnología más accesible, pero después puede colocar una palabra en pantalla con un tamaño que parece pensado para ser leída desde la Estación Espacial Internacional.

Quizá porque Apple sigue diseñando pensando en cómo queda la interfaz en una presentación.

Y claro, en una keynote todo queda estupendo. La presentadora sostiene el iPhone, desliza el dedo con elegancia, aparece una animación preciosa y todo el mundo aplaude. Nadie en esa presentación tiene que buscar las gafas. Nadie aumenta el tamaño de la letra. Nadie dice «espera, que no veo lo que pone».

Nadie tiene que limpiar la pantalla por tercera vez porque piensa que la mancha que está viendo es suciedad y resulta que era un icono.

Yo, en cambio, estoy en casa intentando leer un mensaje mientras la luz del salón refleja exactamente sobre la palabra que necesito ver. Y entonces recuerdo que Apple ha diseñado el futuro. Un futuro precioso y minimalista en el que, por algún motivo, sigo sin encontrar el botón.

Y quizá este sea el momento de que Apple asuma una realidad incómoda: sus usuarios también envejecemos.

Los que compramos nuestro primer iPhone cuando aquello parecía ciencia ficción seguimos aquí. Hemos pasado por más generaciones de iPhone de las que queremos reconocer, hemos aprendido gestos que jamás pensamos que aprenderíamos y hemos acumulado suficientes cargadores como para abastecer un pequeño país.

Apple tiene que asumir que nuestros ojos han decidido actualizarse por su cuenta. Sin avisar y sin pedir permiso.

Así que, queridos diseñadores de Apple, os propongo algo para el próximo iPhone. No hace falta que cambiéis el diseño. No hace falta que llenéis la pantalla de botones ni que convirtáis iOS en el panel de control de un avión. Simplemente diseñadlo como si quien lo va a utilizar no tuviera veinte años. Diseñad el iPhone pensando en alguien que un día se pone las gafas para leer el menú, otro día para mirar el móvil y dentro de un tiempo quizá necesite las dos cosas a la vez. Porque la verdadera innovación no sería conseguir que una pantalla tenga menos elementos. La verdadera innovación sería que yo pudiera mirar el iPhone y leerlos todos. Sin acercarme. Sin entrecerrar los ojos. Y, sobre todo, sin decir en voz alta aquello que llevo años diciendo cada vez que Apple presenta una nueva interfaz: «Sí, sí. Muy bonito. Pero… ¿dónde está el botón?»

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