Cada año ocurre lo mismo. Apple presenta un nuevo iPhone y, casi de inmediato, empiezan a aparecer usuarios asegurando que la batería dura una barbaridad. Que llegan al final del día con un 70 %, que apenas necesitan cargarlo y que Apple, por fin, ha obrado el milagro.
Yo, después de tantos años escribiendo sobre tecnología, tengo una teoría bastante menos emocionante. La batería no dura mucho más porque Apple haya descubierto una fórmula mágica. Dura más porque cada vez salimos menos de casa.
Nos gusta pensar que llevamos una vida frenética, pero la realidad es bastante menos épica. El mayor desplazamiento del día suele ser pasar del despacho al sofá, del sofá a la cocina y, con un poco de suerte, a la terraza para comprobar que hace demasiado calor como para plantearse salir.
Así cualquiera consigue una autonomía espectacular. El iPhone está conectado al Wi-Fi perfecto, tiene una cobertura excelente, el brillo de la pantalla apenas sube y siempre hay un cargador a un par de metros. Es difícil poner en apuros a cualquier batería en esas condiciones.
Hace unos años la historia era distinta. El móvil pasaba horas usando el GPS, los datos móviles, reproduciendo música, haciendo fotos, grabando vídeos, consultando mapas y buscando desesperadamente un enchufe en cualquier cafetería. Eso sí era una prueba de resistencia.
Ahora presumimos de terminar el día con media batería mientras trabajamos desde casa, hacemos la compra desde casa, pedimos comida desde casa y hablamos con nuestros amigos sin levantarnos del sofá. El iPhone apenas pisa la calle.
Las pruebas reales de autonomía casi han desaparecido. El auténtico examen sería pasar doce horas fuera de casa, con el brillo al máximo bajo el sol, usando 5G, Apple Maps, Apple Pay, la cámara sin parar, WhatsApp, música y alguna que otra videollamada. Ahí descubriríamos que las leyes de la física siguen siendo las mismas que el año pasado.
No quiero quitarle mérito a Apple. Las baterías han mejorado, los procesadores consumen menos y iOS gestiona la energía cada vez mejor. Todo eso es verdad. Pero también lo es que nosotros hemos reducido el consumo convirtiéndonos, poco a poco, en plantas de interior con Wi-Fi.
Hay quien presume de que su iPhone aguanta dos días enteros y luego reconoce que apenas ha salido de casa durante el fin de semana. Es como presumir de que el coche gasta poquísimo cuando lleva 48 horas aparcado en el garaje.
Quizá el verdadero avance tecnológico no esté dentro del iPhone. Quizá el gran ahorro de batería sea que hemos cambiado nuestra forma de vivir. Y, visto así, Apple debería dejar de anunciar mejoras de autonomía y presentar una función mucho más útil: el Modo Vida Real. Se activaría automáticamente cuando llevas diez horas fuera de casa, hace un calor insoportable, no encuentras un enchufe, dependes del 5G para todo y ves cómo el porcentaje de batería empieza a bajar a una velocidad que no recordabas.
Porque sí, la batería del iPhone dura más. Lo que pasa es que nosotros cada vez duramos menos lejos del sofá.







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