El próximo 9 de septiembre volverá a ocurrir. Apple convocará a la humanidad tecnológica para enseñarnos algo nuevo y millones de personas se sentarán delante de una pantalla con la misma emoción con la que nuestros antepasados esperaban noticias de una expedición que había salido a conquistar América. Habrá música épica, planos imposibles del Apple Park, personas caminando muy despacio mientras sostienen un iPhone, frases como el más avanzado hasta la fecha, nuestro mejor diseño y una experiencia como nunca antes. Y, por supuesto, habrá gente diciendo en X, YouTube, TikTok y cualquier rincón de internet que Apple ha vuelto a cambiarlo todo, aunque no sea así.
Este año, mientras todo el mundo espera con ansiedad el iPhone 18 Pro y ese iPhone plegable que ya algunos han decidido llamar Ultra porque, aparentemente, en Apple ya han agotado casi todos los adjetivos del diccionario, yo voy a hacer algo completamente distinto… este año voy a esperar a la primavera porque quiero el próximo iPhone Air. Y lo quiero con una intensidad que empieza a preocuparme. No porque sea una persona caprichosa… bueno, no exclusivamente por eso. Lo quiero porque, después de tantos años escribiendo sobre Apple, probando productos, viendo presentaciones y escuchando cómo cada año nos explican que necesitamos exactamente aquello que no sabíamos que necesitábamos hasta que apareció en una diapositiva, he descubierto algo. Estoy cansada de los ladrillos.
Los iPhone Pro o Pro Max son maravillosos. Son potentísimos. Tienen cámaras que pueden fotografiar la superficie de Marte, procesadores capaces de dirigir una pequeña nación y pantallas tan espectaculares que casi te da pena utilizarlas para leer el mensaje de WhatsApp en el que alguien te pregunta qué vas a cenar. Pero pesan. Pesan mucho.
Llegará un momento en el que Apple tendrá que reconocer que no todo el mundo quiere llevar en el bolsillo un ordenador de la NASA con tres cámaras, una batería gigantesca y la densidad de un bloque de granito.
Yo, personalmente, quiero poder coger mi teléfono con una sola mano sin sentir que estoy preparando las pruebas físicas para entrar en la Guardia Civil. Quiero poder meterlo en un bolsillo y no comprobar inmediatamente si el pantalón empieza a inclinarse hacia un lado. Necesito un teléfono que no me obligue a cambiar de postura en el sofá porque, después de veinte minutos sujetándolo, mi muñeca ha decidido solicitar una baja laboral. Quiero el iPhone Air.
El anterior no lo compré porque gastarme más de mil euros por un prototipo de Apple me parecía demasiado, pero si me sigues desde hace tiempo, sabes que es el teléfono ideal para mi. El próximo iPhone Air lo quiero, el que saldrá en primavera estará más pulido y realmente lo quiero.
Ya estoy prácticamente en esa fase ridícula en la que una persona empieza a imaginarse utilizando un producto que todavía no existe oficialmente. Pero Apple tiene que hacer una cosa por mí… intentar que tenga algo más de batería… no estoy pidiendo que dure una semana, solo quiero llegar al final del día sin convertir el porcentaje de batería en el protagonista de mi existencia. Porque yo ya tengo suficientes cosas de las que preocuparme. No necesito mirar mi teléfono a las seis de la tarde y descubrir que está al 18 % después de haber hecho cosas tan exigentes como leer correos, mirar Instagram y preguntarle a Siri dónde demonios he aparcado.
Un poquito más de batería, Apple. Un poquito. Sois la empresa que fabrica procesadores diminutos capaces de hacer cosas que hace unos años habrían requerido una habitación llena de ordenadores. Habéis conseguido meter cámaras profesionales en un teléfono, fabricado relojes que detectan cosas antes de que tú sepas que están ocurriendo, y ahora resulta que encontrar un poco de espacio para una batería más grande es imposible? No me lo creo. Seguro que podéis darle 1mm más al teléfono.
Así que mientras todo el mundo esté haciendo cola virtual para descubrir cuánto cuesta el iPhone 18 Pro, yo estaré observando. Veré las nuevas cámaras, los nuevos procesadores. Veré las nuevas funciones exclusivas que harán que los propietarios del modelo del año pasado miremos a nuestro teléfono como si acabaramos de descubrir que hemos estado viviendo con un aparato prehistórico. También miraré el plegable. Por supuesto. Porque después de años explicándonos, directa o indirectamente, que los teléfonos plegables no eran exactamente necesarios, Apple probablemente nos demostrará que siempre fueron maravillosos.
Solo que hasta ahora no los había fabricado Apple. Y esa es, como sabemos, una diferencia filosófica fundamental. Llevo demasiado tiempo aquí como para sorprenderme. Pero cuando termine la presentación del 9 de septiembre y todo internet esté discutiendo si merece la pena gastar una cantidad de dinero equivalente a unas vacaciones familiares en el nuevo iPhone 18 Pro, yo seguiré esperando. Esperando la primavera. Esperando el iPhone Air. Esperando ese teléfono ligero, fino y maravilloso que, espero, Apple haya decidido convertir en un producto de verdad y no en una especie de performance artística sobre cuánto puede adelgazar un smartphone antes de que el cargador tenga que convertirse en un órgano vital.
La verdad es que después de tantos años escribiendo sobre Apple, he llegado a una conclusión que probablemente habría horrorizado a mi yo de hace una década. No necesito el iPhone más potente del mercado, ni el más profesional. Realmente no uso las 200 cámaras de iPhone Pro. Lo que busco en un teléfono es que sea ligero, fino, que tenga batería, que haga alguna foto y me sirva para mandar WhatsApp y poco mas. He madurado, supongo, o quizá simplemente llevo demasiados años cargando dispositivos Apple y ya estoy algo cansada.







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