Hay cosas que una aprende con los años. Que los tacones preciosos suelen ser una tortura. Que las vacaciones nunca salen exactamente como las has planeado. Que Apple puede cobrarte una fortuna por algo que probablemente ya tenías en la generación anterior. Y, sobre todo, que no debes instalar una beta de iOS en tu iPhone principal justo antes de irte de vacaciones.
Lo sé perfectamente. Lo llevo escribiendo durante años. Lo he recomendado a otras personas. He explicado mil veces que las versiones beta pueden tener errores y que lo sensato es esperar a la versión definitiva. Y entonces llegó iOS 27 beta… y la instalé. Porque aparentemente la experiencia y el sentido común no siempre van de la mano.
Mi verano empezó con una mala decisión. Mientras otras personas preparaban la maleta pensando en bañadores, chanclas y crema solar, yo estaba pensando en si instalaba o no la Beta de iOS 27…La respuesta sensata era no, pero no le hice caso a mi cerebro… Y así empezó mi verano. Con una beta instalada en mi iPhone y la tranquilidad de quien acaba de hacer algo que sabe perfectamente que no debería haber hecho.
Pero tengo que reconocer que iOS 27 me ha sorprendido. No porque sea revolucionario. Ni porque haya descubierto una función que haya cambiado mi vida. Me ha sorprendido porque ha funcionado. Y, después de tantos años usando betas de Apple, una ya sabe que esto no es poca cosa.
Algún bug tenía que aparecer. Por supuesto, no todo ha sido perfecto. Algún pequeño bug he encontrado. Alguna cosa que no respondía exactamente como esperaba. Algún comportamiento extraño. Alguna aplicación que parecía necesitar unos segundos para recordar cuál era su trabajo.
Nada especialmente grave. Pero suficiente para que aparezca esa mirada de terror que todas las personas que utilizamos tecnología conocemos perfectamente. Porque ese es uno de los problemas de las betas. Nunca sabes si lo que estás viendo es una novedad revolucionaria o simplemente un bug con mucha autoestima.
Y entonces aplicas la solución universal. Apagar y volver a encender el teléfono… No hace falta inteligencia artificial, ni llamar al soporte técnico. Ni siquiera hace falta entender qué ha ocurrido. La informática lleva décadas avanzando para que, al final, sigamos resolviendo los problemas exactamente igual que cuando el aparato tenía botones físicos.
iOS 27 tampoco me ha dejado con la boca abierta, la verdad. Después de todo el verano, tengo que decir que no me parece una actualización de esas que te hacen mirar el iPhone y pensar que acabas de entrar en el futuro. Hay novedades, algunos cambios y mejoras. Pero también hay mucho de ese maravilloso concepto que Apple domina tan bien: «Hemos mejorado la experiencia». Que traducido al idioma del común de los mortales, significa que han cambiado unas cuantas cosas de sitio y que ahora tenemos que aprender dónde están.
Y no pasa nada. De verdad. A estas alturas no necesito que cada septiembre Apple me cambie la vida. Me conformo con que no me cambie de sitio el botón que llevo cinco años utilizando. Porque llega un momento en el que una no quiere revolución. Quiere continuidad, coger el teléfono y saber dónde está todo. Que el teclado no decida por su cuenta y que esa palabra que lleva utilizando treinta años en realidad debería ser otra.
Pero entonces me fui fuera de España asustada por la Beta que llevaba en mi móvil… Y aquí es donde Apple se ganó mi respeto. Porque una cosa es utilizar una beta tranquilamente en casa y otra muy diferente es meterte en un avión y llevártela contigo fuera de España.
Ahí ya no hay bromas. Cuando estás viajando, el iPhone deja de ser simplemente un teléfono. Se convierte en nuestro mapa, en la tarjeta de embarque, en la cámara que siempre vamos a usar. En nuestro banco. En él tenemos la reserva del hotel. El WhatsApp, etc. y toda la información que necesitas.
Por eso esperaba que en algún momento iOS 27 decidiera recordarme que era una beta. Pero no. Se portó estupendamente. No tuve ningún problema importante que me hiciera arrepentirme de haberla instalado.
Y eso me parece mucho más interesante que cualquier novedad espectacular.
Porque cuando estás fuera de España y dependes del teléfono, lo último que quieres es descubrir una mañana que tu iPhone ha decidido convertirse en un experimento artístico.
Quizá iOS 27 beta no me haya enamorado. Pero me ha dado algo que, con los años, he aprendido a valorar muchísimo. Me ha dado tranquilidad.
Ha habido pequeños bugs. He tenido que reiniciar el teléfono alguna vez. He puesto cara de pocos amigos en alguna ocasión. Y probablemente he insultado mentalmente a Apple más de una vez. Pero mi iPhone ha hecho lo que tenía que hacer.
Y eso, señores de Cupertino, es una novedad bastante importante. Porque después de tantos años cubriendo Apple, he pasado por suficientes actualizaciones como para recordar aquellas épocas en las que actualizar el sistema operativo podía convertirse en una actividad de riesgo.
Ahora he llegado a un punto de madurez tecnológica en el que mi máxima aspiración que el iPhone funcione. Que la batería no desaparezca misteriosamente. Que no se caliente como una tostadora. Que mis aplicaciones abran. Y que, si algo falla, apagar y encender siga siendo una solución válida.







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