Tengo un verdadero problema y a estas alturas de la película he aprendido que los problemas emocionales más caros suelen venir con una factura de Apple. Quiero comprarme el futuro iPhone Air (ya quería el anterior) y el iPhone Duo. Los dos.

Y no me miréis así, porque bastante tengo ya con mirarme yo al espejo y preguntarme cómo demonios he llegado a esta situación después de tantos años escribiendo sobre tecnología.

Se supone que una periodista debería ser una persona racional. Analítica. Objetiva. Capaz de comparar especificaciones, procesadores, cámaras, autonomía y precio. Qué bonito es creer en una misma. Porque realmente ni yo soy capaz de aclararme… Esto es un triángulo amoroso en toda regla.

El iPhone Air 2 tiene algo que me resulta peligrosísimo. Los rumores que hay sobre él me gustan… bueno, es que con que tuviera un poquito más de batería que el anterior, ya me tendría… Pero he de reconocer que no me gusta de esa manera racional de “es un buen producto”. Lo necesito en mi vida, lo quiero, lo deseo. Estoy enamorada de lo que Apple quiere presentar esta primavera.

Me gusta su concepto, su diseño, esa sensación de ligereza, de llevar encima tecnología sin sentir que necesitas un cinturón de seguridad para sujetar el teléfono.

Después de tantos años viendo cómo los móviles engordan más que algunos de nosotros después de las vacaciones, agradezco que alguien en Cupertino haya pensado en hacer uno que no pese como una pequeña piedra de cantera. A determinada edad una empieza a valorar cosas que antes consideraba secundarias como la ligereza o la comodidad…

Pero cuando ya estaba emocionalmente comprometida con el Air 2, Apple decidió tirar una granada a mi estabilidad mental y presentar el iPhone Duo.

La verdad, y tratando de ser lo más objetiva posible, es que el iPhone Duo tiene justo aquello que hace que una persona tecnológica pierda cualquier atisbo de sentido común, y es que es diferente. Y lo diferente es algo que me gusta mucho. Lo convencional se compra. Lo diferente se desea.

Me lo imagino en mi día a día, trabajando, leyendo, escribiendo, viajando, haciendo mil cosas… Y mi cerebro empieza con el repertorio habitual de excusas como que es un teléfono que me vendría genial para trabajar.

Y ahí es cuando sé que estoy perdida.

Porque llevo suficientes años en esto como para reconocer el momento exacto en el que una necesidad inexistente empieza a convertirse mágicamente en una necesidad imprescindible.

He pasado media vida diciendo que no necesito cambiar de iPhone… Después de tantos años escribiendo sobre Apple, conozco perfectamente el mecanismo. Cada año me repito lo mismo, me quiero autoconvencer de no cambiar. Lo digo con seguridad, no te creas que te engaño. Pero es que Apple presenta un iPhone nuevo, distinto, y la lía. Empieza la negociación conmigo misma en la que mi cuenta bancaria empieza a temblar…

Y aquí estoy otra vez. Intentando pensar fríamente… porque el iPhone Air 2 me tiene enamorada de una manera, y el iPhone Duo me tiene de otra. Uno me ofrece estabilidad. El otro emoción. Y yo, mientras tanto, haciendo lo que cualquier adulta responsable haría… mirando fundas para los dos.

Se que Apple sabe perfectamente lo que está haciendo y no solo conmigo. Soy consciente de que lleva años perfeccionando una técnica de manipulación emocional que no aparece en ninguna keynote. No necesita decirte que compres. Simplemente consigue que mires un producto y pienses que realmente lo necesitas. Lo compras, te gastas todos tus ahorros y es cuando aparece otro que también necesitas.

Cuando quieres darte cuenta estás haciendo una hoja de cálculo mental para justificar por qué necesitas los necesitas, cuando realmente no los necesitas. Brillante.

A día de hoy no tengo ni idea de cuál elegiré, puede que mi futuro esté con el iPhone Air 2 o con el iPhone Duo o puede incluso que durante unos días diga que no quiero ninguno… (esto último no os lo creáis si lo leéis en mi Blog alguna vez, por favor). Ahora mismo estoy en esa fase maravillosa en la que estoy enamorada de los dos y todavía puedo fingir que tengo el control que Apple sabe que no tengo, porque una cosa es la madurez que se supone que tengo y otra muy distinta es pedirle a una mujer enamorada que sea racional.

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