La obsesión por Apple y la justificación del usuario

Hay una edad en la que dejas de justificar ciertas cosas, dejas de discutir en Twitter (X) y aprendes que no merece la pena pelear por según qué cosas. Pero entonces llega Apple y te desmonta toda esa madurez de golpe.

Porque resulta que una mujer de más de cierta edad, puede encontrarse defendiendo decisiones de Apple con más entusiasmo que un abogado en un juicio.

No sé en qué momento ocurre. Un día te sorprende que Apple haya quitado el cargador y exactamente diez minutos después te descubres explicándole a un amigo que, en realidad, es un gesto maravilloso para el planeta. Que si la huella de carbono, que si el tamaño de las cajas y que si las tortugas del Pacífico ahora viven más tranquilas gracias a Tim Cook.

Apple no te paga. No te invita a la WWDC en primera fila. No te manda un jamón por Navidad. Ni siquiera un triste descuento cuando compras el enésimo iPhone para ti y para toda tu familia. Pero ahí estás. Defendiendo la decisión como si la hubieras propuesto tú en una reunión de Cupertino.

Y esto no sólo pasó con el cargador. Pasó con el jack de auriculares. Con el botón Home. Con el notch. Con la Dynamic Island. Con el USB-C. Con prácticamente cualquier cosa que Apple haya cambiado desde que Steve Jobs decidió que los botones estaban sobrevalorados.

Creo que existe un momento exacto en el que el cerebro del usuario de Apple activa un mecanismo de supervivencia. Algo parecido a cuando justificas que has pagado un dineral por un bolso porque es una inversión.

Pues nosotros hacemos lo mismo con cada keynote. No defendemos solo a Apple. Nos defendemos a nosotros mismos. Porque reconocer que quizá se han equivocado significa aceptar que llevamos años comprando productos que, de vez en cuando, también meten la pata. Y eso cuesta. Mucho. Sobre todo cuando has construido un ecosistema en el que hasta el cepillo de dientes parece querer sincronizarse con iCloud.

Ojo, que Apple hace muchas cosas bien. Muy bien. Por algo seguimos aquí. Pero también llega tarde a funciones que Android lleva años disfrutando, vende algunos accesorios a precios que deberían incluir una cena romántica y tiene una habilidad extraordinaria para convencernos de que necesitábamos justo aquello que el día anterior criticábamos.

Después de tantos años escribiendo sobre tecnología, he entendido que Apple no vende móviles. Vende tranquilidad. Vende la sensación de que todo encaja. Vende la ilusión de que esta vez sí has comprado el dispositivo perfecto.

Y nosotros, encantados, completamos el trabajo justificando el resto. Eso sí, luego llega septiembre, presentan el nuevo iPhone y repetimos el ritual de siempre. Dices, y juras, y perjuras que este año no cambias, que el nuevo es igual que el anterior, pero cinco minutos después ya estás calculando cuánto nos dan por el antiguo…

Porque defender Apple está bien. Pero estrenar iPhone… eso está mejor.

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