Hay un momento en la vida en el que te das cuenta de que la tecnología avanza más rápido que tú. No es cuando tu hija te explica una función del móvil, que también. Tampoco cuando pulsas un botón y aparece un menú con veinte opciones nuevas, que también. Es cuando una aplicación con inteligencia artificial te mira, escucha tu pronunciación en inglés y te dice, con una amabilidad casi insultante: “Excelente! Sonabas como un nativo”. No, perdona. Si ni yo misma me he entendido.
Siempre he sido una enamorada de la tecnología. Me fascina probar aplicaciones nuevas, descubrir funciones ocultas y perder horas investigando cualquier novedad de Apple en particular. Pero hay un terreno donde la inteligencia artificial consigue hacerme sentir como si hubiera entrado por accidente en una reunión de gente muy joven que utiliza palabras que no conozco.
Ahora resulta que ya no basta con aprender inglés. Hay aplicaciones que mantienen conversaciones contigo, analizan tu pronunciación, detectan tus errores en tiempo real, adaptan las clases a tu nivel, inventan personajes con los que hablar y, si les das cinco minutos más, probablemente terminen llamando a tu madre para decirle que necesitas practicar más los phrasal verbs.
Yo crecí con los míticos “repeat after me” en un cassette que sonaba como si estuviera grabado dentro de una lavadora. El mayor avance tecnológico de mi infancia era que el radiocasete tuviera autoreverse. Ahora una inteligencia artificial analiza hasta el momento exacto en el que dudas antes de decir “through”, “though” o “thought”, que siguen siendo tres palabras creadas por alguien que claramente odiaba a los estudiantes de inglés.
Lo mejor de todo es que estas aplicaciones son extraordinarias. De verdad que lo son. Aprendes mucho más rápido, corriges errores que jamás habías detectado y puedes practicar sin pasar la vergüenza de destrozarle el idioma a un profesor de carne y hueso.
El problema soy yo. Porque cada vez que la IA me responde con un perfecto acento británico, entro en pánico. Me esfuerzo tanto en pronunciar correctamente que termino diciendo cualquier cosa menos inglés. Creo que mi cerebro dedica el 80 % del tiempo a recordar dónde dejé las gafas y el otro 20 % a preguntarse por qué “knife” lleva una K que nadie pronuncia.
Y luego está ese momento maravilloso en el que la aplicación te felicita porque has alcanzado una racha de cien días… No me acordé del cumpleaños de un primo la semana pasada, pero una inteligencia artificial espera que recuerde abrir la aplicación todos los días a la misma hora. Tiene una fe en mí que ni mi madre.
También me hace gracia cuando aparecen anuncios prometiendo que hablarás un idioma “como un nativo en tres meses”. Claro. Igual que yo iba a tener abdominales en treinta días gracias a una aplicación y aquí seguimos, negociando con el botón del pantalón después de cada comida.
Eso sí, hay algo que admiro profundamente de toda esta revolución. La inteligencia artificial está consiguiendo que aprender idiomas deje de ser aburrido. Convierte los errores en conversaciones, elimina el miedo al ridículo y hace que practicar sea casi un juego.
Aunque, entre nosotros, sigo pensando que la mejor función sería una que tradujera automáticamente el menú de un restaurante cuando el camarero ya lleva cinco minutos esperando mientras tú sonríes fingiendo que sabes perfectamente lo que significa cualquier palabra con demasiadas vocales seguidas.
Quizá ese sea el verdadero milagro de la inteligencia artificial. No que aprenda por nosotros, sino que consiga que quienes ya hemos pasado de los cuarenta sigamos teniendo ganas de aprender cosas nuevas, aunque a veces necesitemos repetir la misma frase diez veces para que la máquina deje de preguntarnos si hemos querido decir otra cosa.
Y eso, sinceramente, ya me parece bastante inteligente.







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