He hecho cuentas de todo el dinero que me he gastado en Apple y ahora necesito un abrazo

Hay errores que una comete una vez en la vida. Cortarse el flequillo un domingo por la tarde. Confiar en que Siri entenderá lo que le has pedido a la primera. O, como me ha ocurrido esta semana, hacer cuentas de todo el dinero que me he gastado en productos Apple durante los últimos años.

No lo hagáis. De verdad. Hay información que el cerebro humano no está preparado para procesar.

Todo empezó porque alguien me preguntó cuánto dinero creía que me había dejado en Apple. Yo, con la seguridad que da llevar más de veinte años escribiendo sobre tecnología, respondí con una sonrisa:

—Bueno… tampoco será tanto.

Ja. Qué inocencia. Empecé a sumar iPhones. Luego los iPad. Después los Mac. Los Apple Watch. Los AirPods. Los cargadores porque, sorpresa, nunca viene el que tú necesitas. Las fundas. Los cables. El almacenamiento de iCloud. Apple Music. Algún adaptador absurdo que Apple decidió que era el futuro. Incluso esa batería MagSafe que compré convencida de que me cambiaría la vida y ahora vive olvidada en un cajón.

Cuando terminé la suma, me quedé mirando la calculadora como quien espera que aparezca un mensaje diciendo que era broma. Pero no. La cifra era tan alta que, durante unos segundos, entendí perfectamente por qué algunos invierten en vivienda.

Lo peor es que, en lugar de sentirme estafada, mi primer pensamiento fue que los productos duraban mucho… Fijaos hasta qué punto Apple nos tiene entrenados. Somos capaces de justificar una cifra equivalente a un coche diciendo que el Mac sigue funcionando como el primer día.

Es verdad, los productos duran mucho, pero yo los iPhone los cambio todos los años porque, de repente, el nuevo tiene una cámara ligeramente mejor para fotografiar a mi perro dormido exactamente en la misma postura de siempre.

Con más de cuarenta años una empieza a detectar patrones. Ya no compro un iPhone porque lo necesite. Los compro porque Apple presenta un vídeo con música épica y, durante cuarenta minutos, consigue convencerme de que mi vida será más organizada, más creativa y probablemente más feliz.

Como periodista tecnológica debería ser objetiva. Como mujer con experiencia también debería haber aprendido a distinguir entre necesidad y capricho. Pero entonces Apple presenta un nuevo producto y en ese momento todo mi pensamiento crítico se toma vacaciones.

Lo más surrealista es que, después de descubrir la cantidad de dinero invertida, no he decidido dejar de comprar productos Apple. No. He decidido no volver a hacer las cuentas. Porque hay decisiones inteligentes… y luego está proteger la salud mental.

Seguiré criticando a Apple cuando se lo merezca. Me seguiré riendo de sus decisiones imposibles de entender. Continuaré protestando porque elimina puertos, cambia botones o vende accesorios a precio de joyería. Y, probablemente, acabaré comprando el siguiente dispositivo que presente.

Porque el verdadero ecosistema de Apple no son sus productos. Es esa extraña capacidad para hacerte sentir que todo tiene sentido… hasta que abres la aplicación Calculadora. Ahí es cuando descubres que no necesitas Apple Intelligence. Necesitas un abrazo.

Creo que este artículo resume bastante bien mi relación con Apple. Y sospecho que la de muchos lectores también.

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