Los anuncios de Apple vs. mi vida real

Está claro que en la vida hay dos universos paralelos y yo no lo sabía hasta que no me fijé hace poco. En uno están los anuncios de Apple. En el otro, estoy yo.

En el del anuncio aparece una chica de unos treinta años grabando un documental en el Himalaya con su iPhone. Escala montañas, soporta temperaturas bajo cero, persigue un leopardo de las nieves y, cuando termina, edita una obra maestra digna de un festival de cine internacional. Todo con una sonrisa impecable y sin despeinarse.

En mi realidad, yo también cojo el iPhone como ella, pero no para escalar ninguna montaña, lo hago para hacer zoom al código de la WiFi porque, sorprendentemente, ha vuelto a desaparecer el par de gafas que llevaba puestas hace exactamente dos minutos… La escasez visual es lo que tiene… La mayoría de las veces no utilizo la cámara del iPhone para fotografiar atardeceres espectaculares, ya lo siento. La uso como si fuera una lupa de última generación para leer etiquetas, instrucciones diminutas y cualquier contraseña escrita con un tamaño de letra que solo alguien de veinte años considera aceptable.

En los anuncios de los de Cupertino, todo el mundo parece vivir una aventura permanente. Siempre están creando algo extraordinario. Un músico compone su próximo éxito desde una playa perdida. Una fotógrafa descubre una especie desconocida en medio de la selva. Un arquitecto diseña el edificio del siglo mientras viaja en tren por los Alpes.

Yo abro el MacBook para pagar el recibo de la comunidad y buscar por quinta vez dónde demonios está el archivo que juraría haber guardado en el escritorio.

Y no me hagáis hablar de Siri… En los anuncios responde con precisión, rapidez y una voz tranquilizadora.

En mi casa mantiene conmigo una relación basada en la incomprensión mutua. Yo le digo una cosa. Ella entiende otra. Yo insisto. Ella decide poner música relajante. Al final termino haciéndolo todo yo mientras Siri permanece convencida de haber sido de gran ayuda. Para lo único que sirve es para encontrar mi coche, como dije el otro día.

Con el Apple Watch ocurre algo parecido. Apple te enseña personas haciendo triatlones, escalando acantilados o cruzando desiertos. El mío me felicita efusivamente porque me he levantado del sofá para ir a por café. Y lo celebra como si acabara de terminar el Ironman de Hawái.

Lo mejor de todo es que sigo viendo esos anuncios y, durante unos segundos, me los creo. Me imagino grabando una película en el Himalaya, trabajando desde un acantilado frente al mar o editando un documental en mitad del Ártico.

Hasta que alguien me pide la contraseña del WiFi.

Y entonces comienza la verdadera aventura: encontrar las gafas. Porque la épica no siempre consiste en subir una montaña. A veces consiste, simplemente, en descubrir que las llevabas puestas sobre la cabeza desde hace media hora.

Y esa escena, curiosamente, Apple todavía no la ha convertido en anuncio.

Creo que esta versión tiene un remate mucho más potente, porque el verdadero “plot twist” de quienes ya hemos pasado de los 40 no es el Himalaya, es pasarte diez minutos buscando unas gafas que llevabas encima todo el tiempo.

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