Hay algo que me fascina de Apple y no, no es el precio de sus productos, aunque últimamente también debería estudiarse como fenómeno paranormal ya que no paran de subir, y es su capacidad para convertir cualquier tontería en un acontecimiento histórico. Incluso una hora. Porque, vamos a ver, qué tienen las 9:41 que no tengan las 9:40 o las 10:15? Pues, aparentemente, muchísimo. Si Apple presenta un iPhone, ahí están. En todos los teléfonos aparece las 9:41 como si Cupertino tuviera un contrato con el tiempo y no estuviera dispuesta a renegociarlo.
La historia real viene de la presentación del primer iPhone. Steve Jobs subió al escenario el 9 de enero de 2007 y Apple calculó que mostraría su gran invento unos 40 minutos después de comenzar la presentación. Aquella primera imagen marcaba las 9:42. Después llegó el ajuste al minuto 9:41 y, desde entonces, la tradición continúa.
Y yo, que llevo años siguiendo a Apple, tengo que reconocer que me hace gracia. Porque mientras nosotros esperamos novedades de verdad, una Siri que entienda lo que le decimos o una batería que no nos obligue a vivir abrazados a un cargador, Apple sigue fiel a sus 9:41.
Es admirable, las cosas como son. Puede cambiar el diseño del iPhone, introducir nuevos procesadores, inventarse otra categoría de producto y convencernos de que necesitamos un dispositivo que ni siquiera sabíamos que existía. Pero la hora no se toca.
Lo curioso es que funciona. Veo un iPhone en una presentación, descubro las 9:41 y mi cerebro ya está preparado para enamorarse. Da igual que el modelo cueste lo mismo que unas vacaciones o que el anterior siga funcionando perfectamente. Como siempre digo, Apple no vende solamente tecnología, vende rituales, recuerdos y pequeñas obsesiones. Estamos acostumbrados a que Apple cuide hasta el más mínimo detalle, de hecho si no lo hace, nos quejamos abiertamente.







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