Yo pensaba que mi relación con Apple había alcanzado un grado de madurez suficiente como para distinguir entre lo que necesito y lo que quiero. Entonces ha llegado John Ternus, se ha puesto a presentar productos nunca vistos pero deseados y soñados y mi estabilidad financiera ha empezado a emitir señales de socorro.
Querido Tim Cook, si me estás leyendo, vuelve o me arruino. No sé dónde estás, qué planes de vida tienes ni si echas de menos aquella época en la que Apple presentaba un producto y yo podía seguir con mi vida sin replantearme la hipoteca. Pero, por lo que más quieras y pon un poco de orden. O, al menos, deja de permitir que me tienten de esta manera.
Porque lo de Ternus empieza a parecer una venganza personal contra las periodistas tecnológicas con debilidad por los cacharros de la manzana… iluminada, otra vez. Un nuevo iPad mini, un iMac de colores con chip M6, un MacBook Pro Touch, un iPhone Duo, un iPhone Air… De repente, mi casa parece un museo de tecnología perfectamente funcional que podría actualizarse por pura frivolidad estética.
¿Necesito un iPad mini nuevo? No. ¿Mi Mac actual sigue haciendo su trabajo? También. ¿Me importan estos pequeños detalles cuando veo los nuevos colores y pienso en lo bonito que quedaría todo en mi escritorio? Absolutamente…
Y ese es el problema. Tim Cook convirtió Apple en una maquinaria comercial extraordinaria. Podía venderte una actualización, un cambio de procesador y hasta una caja con una manzana dibujada mientras tú justificabas la compra como una inversión en productividad. Pero Ternus parece dispuesto a conseguir que te enamores de productos que ni siquiera sabías que necesitabas como un simple teléfono que se dobla… Esto ya no es innovación. Es acoso emocional con acabado de aluminio y subida de precios…
Lo peor es que conozco perfectamente el truco. Sé que mi dispositivo actual seguirá funcionando, que el nuevo será más potente y que los colores no van a mejorar mi capacidad para escribiros. Sin embargo, basta con que Apple presente algo bonito para que mi cerebro abandone la redacción, se quite las gafas y se ponga la camiseta de compradora compulsiva.
Y luego nos preguntamos por qué Apple vende tanto.
Aunque, pensándolo bien, quizá Ternus no tenga la culpa. Quizá el problema sea mío. No, qué va. La culpa es de Apple por seguir haciendo productos preciosos. Y de mi tarjeta, por no tener un botón de bloqueo cuando detecta que estoy mirando la web de la compañía.







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