Hay relaciones que empiezan poco a poco. Primero te mandas unos mensajes. Después pasas horas hablando. Un día te das cuenta de que no puedes salir de casa sin esa persona. Y cuando quieres reaccionar, ya conoce tus horarios, tus secretos, dónde estás en cada momento y hasta cuánto duermes.
La mía se llama iPhone. Y sí, mi iPhone y yo tenemos una relación tóxica. Lo nuestro empezó de manera inocente. Yo solo quería un teléfono. Uno bueno, eso sí. Bonito, rápido, con una cámara estupenda y que no me hiciera perder la paciencia cada vez que quería abrir una aplicación. Lo normal. Pero Apple tenía otros planes.
Ahora mi iPhone me despierta por las mañanas. No es mi conciencia, ni mi familia, ni siquiera el café. Es él. Suena y me recuerda que empieza otro día en el que, por supuesto, voy a pasar unas cuantas horas mirándolo. Sabe dónde estoy, dónde he estado y dónde suelo ir. Y probablemente podría reconstruir mi vida de los últimos años mejor que yo misma.
Si le pregunto dónde he dejado mi coche, lo sabe. Me da mucha tranquilidad tenerlo! También me recuerda las cosas. Porque aparentemente hemos llegado a un punto de nuestra relación en el que necesito que un dispositivo de unos miles de euros me diga que tengo que comprar leche.
Y aquí llega la parte más bonita de nuestra convivencia. Mi iPhone me dice cuánto tiempo paso con él. Esto es maravilloso. Es como si tu pareja te dijera cada domingo: «Cariño, esta semana has pasado 31 horas conmigo. Quizá deberías salir un poco». Perdona? Me estás diciendo que tengo un problema? Tú? El mismo dispositivo que me manda notificaciones cada cinco minutos. El mismo que me vibra en el bolsillo para avisarme de que alguien ha publicado una foto de un gato en Instagram. El mismo que me permite consultar el correo, trabajar, escribir, hacer fotos, escuchar música, ver series, leer noticias, pagar, comprar, hablar con mi madre y averiguar a las tres de la mañana por qué me duele el dedo meñique.
Es maravilloso. Mi iPhone es como esa persona que te invita a cenar, te sirve el postre y después te dice que quizá deberías adelgazar.
Pero la relación llega a otro nivel cuando aparece el famoso aviso de «Es hora de descansar». Ahí es cuando me entra la risa. Porque mi iPhone, después de pasarse todo el día reclamando mi atención, decide que ha llegado el momento de preocuparse por mi bienestar.
Yo no recuerdo haber comprado un iPhone para que me hiciera de madre, para eso ya tengo una, quería tecnología y he terminado teniendo un coach digital con complejo de conciencia… y lo peor es que funciona. Porque cuando veo el resumen semanal y aparece ese pequeño gráfico diciéndome que he aumentado mi tiempo de uso un 18%, siento culpa y pienso que la próxima semana tengo que utilizar menos el móvil… cinco minutos después estoy buscando en Google cómo reducir mi tiempo de uso del móvil… desde el móvil.
Nuestra relación es complicada. Él quiere que lo mire constantemente, pero también quiere que lo deje descansar. Quiere saber dónde estoy, pero también me recomienda desconectar. Quiere que le dé acceso a mi vida, pero luego me habla de privacidad. Me recuerda mis citas, mis tareas, mis mensajes y mis contraseñas, pero también me recuerda que debería levantarme y moverme.
Así que aquí seguimos. Él, controlando mi vida. yo fingiendo que tengo el control y ambos sabiendo perfectamente que, si mañana salgo de casa y me doy cuenta de que me lo he dejado encima de la mesa, volveré a buscarlo aunque llegue tarde. Porque las relaciones tóxicas son así. Sabes que deberías poner límites. Pero también sabes que, sin esa pequeña pantalla, probablemente no sabrías ni qué día es.
Lo reconozco, mi iPhone y yo tenemos una relación tóxica, pero, sinceramente, después de tantos años juntos… Quién va a entenderme mejor que él? Al fin y al cabo, sabe dónde estoy, qué hago, cuánto duermo, cuánto camino, cuánto miro la pantalla y hasta cuándo debería descansar. Solo le falta saber por qué sigo comprando otro iPhone cada vez que Apple presenta uno nuevo. Aunque sospecho que eso también lo sabe.







Deja un comentario