Hay dos maneras de entrar en un evento de tecnología siendo mujer y superando los cuarenta. La primera es que te confundan con alguien de comunicación. La segunda, que crean que has acompañado a tu pareja. Existe una tercera opción, pero es mucho más remota, y es que den por hecho que eres la periodista especializada.
Llevo años escribiendo sobre Apple, probando dispositivos, analizando software y discutiendo sobre inteligencia artificial con auténtica pasión. Aun así, de vez en cuando aparece ese señor convencido de que acaba de descubrir América explicándome qué es iCloud. Gracias, campeón. Lástima que lleve usándolo desde que Steve Jobs llevaba cuello alto negro todos los días.
Lo mejor llega cuando hablas de especificaciones técnicas. En ese momento algunos hombres activan un modo muy curioso. Es como Siri antes de Siri IA que hablan mucho, pero escuchan poco. Da igual que estés comentando el rendimiento de un procesador o las diferencias entre dos sensores de cámara. Ellos sienten una necesidad irrefrenable de corregirte… incluso cuando estás diciendo exactamente lo mismo que ellos.
Y luego está el maravilloso fenómeno del “mansplaining tecnológico”. Es fascinante. Tú dices que prefieres un iPhone Plus porque la batería dura más. Ellos responden con una conferencia de cuarenta minutos sobre núcleos de eficiencia, litografía de tres nanómetros y trazado de rayos. Todo para acabar concluyendo que… sí, que la batería dura más.
Con los años he descubierto que ser mujer de mediana edad en este sector tiene una ventaja enorme, y es que ya no necesito demostrar absolutamente nada. La juventud te hace querer convencer al mundo. La experiencia te enseña que no merece la pena discutir con alguien que cree que tener tres monitores RGB convierte automáticamente su opinión en un artículo científico.
Además, existe otro prejuicio maravilloso. Si eres mujer y hablas de tecnología, algunos esperan que escribas únicamente sobre colores, fundas o qué bonito queda el nuevo iPhone en rosa. Luego llega el momento en que empiezas a analizar procesadores, privacidad, inteligencia artificial o rendimiento y ves cómo se les reinicia el cerebro más rápido que un Mac después de una actualización.
Mi edad también tiene ventajas. Ya no me impresiona el último gadget que promete cambiar la humanidad. He sobrevivido a las gafas inteligentes, al metaverso, a las televisiones 3D, a los móviles curvos, a los teléfonos modulares y a unas cuantas revoluciones que duraron menos que una batería con el brillo al máximo.
Y sí, sigo disfrutando como una niña cada vez que Apple presenta algo nuevo. Pero también tengo la suficiente mala leche para decir cuando una función es humo envuelto en aluminio reciclado.
Porque esa es otra. Ser fan de la tecnología no significa aplaudir todo. Significa tener criterio. Y el criterio no entiende de género ni de edad.
Así que seguiré entrando en eventos tecnológicos con mi portátil bajo el brazo, opinando sobre Apple, probando dispositivos y escribiendo exactamente lo que pienso. Si alguien vuelve a preguntarme si estoy esperando a mi marido, le responderé que no. Que estoy esperando la siguiente beta.
Eso sí que es una relación seria.








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