La tecnología evoluciona a una velocidad absurda… pero nuestra paciencia no. El paso del tiempo afecta a las rodillas, a la espalda, a la paciencia y, por supuesto, a nuestra relación con la tecnología. Es un romance que empieza como un flechazo, se convierte en matrimonio y termina en un “aguantamos por costumbre”. Cada año que cumplimos es un filtro anti spam más para las tonterías que nos intentan vender. Lo que antes nos parecía “súper innovador”, ahora nos parece “otra tontería más que no necesito pero seguro que Apple me la vende igual”. Y así vamos avanzando por la vida. Vamos cumpliendo años, tenemos más experiencia y más capacidad de apagar notificaciones.
Pasé la mayor parte de mi adolescencia sin móvil, no existían nada más que los ladrillos que se veían en las películas americanas. Cuando llegaron eran de todo menos inteligentes…
Cuando elegí la carrera, estudie periodismo porque quería contar cosas a la gente, y la tecnología se convirtió en el centro de mi universo. Me encantaba cacharrear con los móviles, recomendar a mi familia y amigos lo que para ellos era lo mejor, contarles las cosas buenas, y no tanto. Siempre me compraba lo último para poder estar al día y por capricho, todo hay que decirlo. Lo probaba y exprimía casi todo, desde el Nokia más ladrillo hasta el HTC más puntero, y así podía hablar de sus virtudes y errores.
El día que Apple presentó su primer iPhone, yo estaba más cerca de los 30 que de los 20 y no vivía en España, con lo que pude hacerme con uno. Me lo compré y me impresionó tenerlo en mis manos y poder configurarlo, actualizarlo y exprimirlo al máximo.
Según creces empiezas a buscar más cosas
Es verdad que a mi me sigue gustando mucho probar la nueva tecnología, pero cada vez la encuentro “más igual”. Me siento mucho más cómoda con iOS, no es nada nuevo mi pasión por los productos de La Manzana Mordida, pero Android me gusta mucho también. Y mira que las busco, pero con cada actualización encuentro menos diferencias entre ambas.
A partir de los cuarenta te das cuenta de que empiezas a pedirle cosas absurdas a los dispositivos, como que la batería dure más de una jornada laboral o que la pantalla crezca en lugar de menguar.
Descubres que las notificaciones no son amigas, son un ataque coordinado a tu salud mental. Y te sorprendes diciendo frases que jamás pensaste pronunciar:
“Voy a poner el móvil en silencio… por mi bienestar emocional.”
Te das cuenta de que la tecnología empieza a ser funcional en tu vida. Que un móvil tenga 18 cámaras… te da igual. Que un procesador sea un 12% más rápido… ni lo notas. Lo que de verdad quieres es que la WiFi no falle cuando estás viendo tu serie favorita y que el reloj no te recuerde cada dos horas que “te muevas un poquito”.
Dicen que para muchos se convierte en la época de la selección natural tecnológica, y la verdad es que es verdad. Si no sirve para algo útil, fuera de mi pantalla.
Afortunadamente para ti a mi aún no me pasa eso, pero conozco mucha gente que opina así y en el fondo tienen razón…. Si algo no te aporta, no tiene que estar.
Con todo esto, puedo decir que a cada cumpleaños le corresponde una nueva forma de llevarnos con nuestros gadgets. Somos menos impresionables, más prácticos y un poco más alérgicos a que nos cambien lo que ya funcionaba. Pero eso sí, seguimos comprando el nuevo modelo cada año porque nos lo merecemos. Bueno, en mi caso es para contaros cositas… O eso me repito para dormir tranquila.








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