Quiero el iPhone Duo, pero cuanto más lo pienso, más claro tengo que no va a ser lo que realmente necesito. Y esto, queridos amigos, es exactamente el tipo de contradicción que Apple lleva años provocándome.

Tengo un problema con el iPhone. Bueno, definitivamente tengo varios, pero hoy vamos a hablar de uno bastante caro. Estoy enamorada del iPhone Duo. No es ninguna novedad, y se que no debería, porque soy consciente de que no es el teléfono que necesito. Lo sé como periodista, como usuaria y, sobre todo, lo sé después de tantos años comprando tecnología que sobre el papel prometía cambiar mi vida y que, en la práctica, acabó sirviendo para hacer exactamente lo mismo que hacía con el modelo anterior.

Pero da igual. Veo el iPhone Duo y pienso que lo quiero. Y punto. El problema es que se que es demasiado para mí… me voy a gastar un riñón para WhatsApp, Notas y alguna aplicación básica más… 

Aquí empieza la parte incómoda. Si alguien me quitara el romanticismo tecnológico, me sentara delante de una mesa y me preguntara qué necesito de mi próximo iPhone, la respuesta sería bastante menos emocionante. Realmente necesito una pantalla grande (por aquello de ver y no tener que usar siempre las gafas para poder leer, trabajar, escribir, etc.), y necesito una autonomía que me permita salir de casa sin hacer cálculos de ingeniería antes de cerrar la puerta. No quiero que mi relación con el teléfono dependa de encontrar un enchufe.

Siendo realistas, no necesito un iPhone que haga más cosas que yo. Esta es la parte que me cuesta reconocer. No voy a usar una cámara que sea espectacular (no creo contenido más allá del escrito),  tampoco necesito una potencia que jamás voy a exprimir, ni veinte funciones nuevas que voy a probar durante una semana y después olvidaré que existen.

Mi vida consiste en escribir, trabajar, leer, comunicarme, hacer fotografías básicas, consultar información y pasar tiempo consumiendo contenido. No necesito un teléfono preparado para conquistar el mundo. Necesito uno que me acompañe mientras intento sobrevivir al mío.

Pienso que Apple nos tiene perfectamente estudiados, porque muchas veces no compramos una prestación porque la necesitemos sino porque pensamos que algún día podemos hacerlo… y en Cupertino lo saben… Pues mira, Apple, llevo años esperando ese “algún día” y sigo sin necesitarlo. Lo que sí necesito todos los días es una pantalla que pueda disfrutar cómodamente y un teléfono que no me obligue a pensar en él más de lo necesario. Porque precisamente para eso lo compro, para que me facilite la vida. No para añadir otra preocupación a la mía.

Pero entonces aparece el iPhone Duo y toda mi teoría se va al carajo (qué bien me ha quedado … ). Soy capaz de escribir este artículo entero defendiendo la compra racional de un iPhone, de explicar que realmente el iPhone Air, o incluso el iPhone Plus, encajan mejor conmigo. Puedo reconocer que no voy a aprovechar determinadas prestaciones y de prometer solemnemente que voy a comprar con cabeza, pero veo el iPhone Duo, pienso en la obra de ingeniería que es, en lo precioso que es, y mi raciocinio desaparece por completo.

Sería absurdo intentar engañarme. Me gusta mucho la tecnología y probar cosas. Esa sensación de abrir una caja y saber que durante unos días voy a estar explorando algo que todavía no conozco es indescriptible, y la verdad es que después de tantos años escribiendo sobre Apple, sería bastante hipócrita fingir que no me hace ilusión un producto diferente. Claro que me hace ilusión… Pero una cosa es lo que me ilusiona y otra lo que realmente encaja conmigo. Y cada vez tengo más claro que son dos cosas diferentes.

Mi iPhone ideal es mucho más normalito. Después de tantos años hablando de sobre procesadores, cámaras, pantallas, inteligencia artificial y funciones que prometen revolucionar nuestra vida, resulta que mi iPhone ideal no se parece al iPhone Duo… pero Apple lleva demasiado tiempo sabiendo que, cuando se trata de tecnología, somos mucho más fieles a nuestros deseos que a nuestras necesidades.

Así que sí. Si me preguntas cuál debería comprar, mi cabeza ya tiene la respuesta. Pero si me preguntas cuál quiero tener encima de la mesa, cuál quiero abrir, tocar y trastear… Ahí ya no puedo prometerte nada. Porque el problema nunca ha sido decidir qué iPhone necesito. El verdadero problema es que Apple sabe perfectamente cuál quiero.

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