Hay una edad en la vida en la que empiezas a comprar tecnología por motivos supuestamente responsables. Supuestamente. Ya no quieres solamente que sea bonita, que tenga una pantalla espectacular o que haga cosas que probablemente nunca vas a utilizar. Empiezas a pensar en tu salud, en dormir mejor, en caminar más, en moverte, en controlar el corazón y en todas esas cosas que hasta hace unos años te parecían asuntos de médicos y señoras que hacen yoga a las siete de la mañana.
Y entonces aparece el Apple Watch…. Apple te lo presenta con esa tranquilidad insultante que tiene cuando quiere venderte algo. No parece que te esté vendiendo un reloj. Parece que está intentando mejorar tu vida. Te habla de salud, actividad, sueño, corazón, ejercicio, seguridad… y tú, que ya tienes cierta experiencia y sabes que detrás de cada producto de Apple hay una factura, decides que esta vez sí. Que esta compra tiene sentido.
No me estoy comprando otro capricho tecnológico. Me estoy cuidando… Qué ingenua. Porque yo me compré un Apple Watch para controlar mi salud y, con el tiempo, he descubierto que el verdadero problema de mi vida no es mi frecuencia cardíaca, ni mis pasos, ni mis horas de sueño… Es la batería del reloj…
Ahora mismo puedo estar perfectamente, haber dormido bien, desayunado, salido a caminar, hecho ejercicio y sentirme estupendamente. Pero entonces mi muñeca no lo refleja, porque la batería decidió acabarse a mitad de todo y sin avisar…
Lo maravilloso es que el reloj está constantemente preocupado por mi salud. Me dice que me levante, que camine, que respire, que haga ejercicio. Prácticamente se ha convertido en esa persona de la familia que te vigila desde el sofá y te pregunta si has bebido suficiente agua, pero luego llega al 10 % de batería y, misteriosamente, desaparece toda esa preocupación por mi salud. Ahora lo importante es salvarle la vida a él…
Y ahí empieza mi transformación. De periodista paso a técnico de soporte en cuestión de minutos. Busco el cargador. Lo conecto y se olvida de mí… Mi Apple Watch parece que se ha incorporado a un programa de protección de testigos y no existe en mi vida hasta que no tiene algo de energía. Es fantástico!
Sobre el papel tengo un reloj que detecta irregularidades cardíacas, pero soy yo la que tiene que detectar irregularidades en su porcentaje de batería. La paradoja es maravillosa.
El Apple Watch sabe cuándo estoy estresada. Lo que no sabe, y es incapaz de detectar, es que él es una de las causas de mi estrés. Porque hay un momento especialmente absurdo que todos los usuarios del Apple Watch conocemos. Sales de casa, miras la muñeca y ya la has liado… Ese número cambia completamente los planes de tu día. Empiezas a pensar cuánto tiempo podrás aguantar con esa batería que te queda, o si debes activar el Modo de Bajo Consumo y las Notificaciones… Pero entonces tu cabeza piensa un poco y no entiendes para qué demonios llevas un reloj inteligente si no puedes utilizarlo libremente para que no se quede sin batería… Y reconoces que la batería el Apple Watch no dura, pero que la de otros sí… y te planteas cosas que mejor no decir….
El Apple Watch no ha conseguido que controle mejor mi salud. Ha conseguido que controle mejor la salud de su batería, y yo me lo compré porque quería un reloj que me ayudara a vivir mejor, no otro ser tecnológico al que alimentar, cargar, actualizar, vigilar y proteger.
Ya tengo suficiente con mi propia vida como para estar pendiente de un dispositivo más…







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