Personas mayores y tecnología o cómo culpar a la víctima con elegancia digital

Hay una costumbre muy moderna que consiste en señalar a las personas mayores cada vez que algo tecnológico no funciona. No porque el dispositivo esté mal diseñado, no porque la interfaz sea un jeroglífico egipcio ni porque una actualización haya decidido reorganizar todo por deporte. No. El problema es que son mayores. Caso cerrado.

Da igual que esas mismas personas hayan aprendido a usar herramientas analógicas infinitamente más hostiles. Da igual que hayan trabajado toda su vida con máquinas que no perdonaban errores y sistemas que no tenían botón de deshacer. Hoy no saben encontrar un ajuste escondido dentro de cuatro menús y dos gestos secretos y eso, evidentemente, demuestra que no están preparadas para el futuro.

La tecnología actual presume de ser intuitiva. Lo repite en anuncios, presentaciones y notas de prensa. Luego llega la realidad. Iconos sin texto porque leer es de pobres. Funciones básicas enterradas para no estropear la estética. Cambios constantes que nadie pidió pero que hay que aceptar con una sonrisa porque es progreso. Y cuando alguien se pierde, se ríe mal disimuladamente y se dice que es normal a cierta edad.

La industria tampoco ayuda. Se inventan dispositivos especiales para mayores que suelen ser feos, lentos y sorprendentemente complicados. Teléfonos con botones gigantes pero menús diseñados por alguien que claramente nunca habló con una persona mayor. Tablets simplificadas que simplifican tanto que inutilizan justo lo importante. Todo con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados.

Y luego está el trato humano, que merece capítulo aparte. Explicaciones a gritos como si la audición fuera directamente proporcional a la edad. Suspiros cada vez que preguntan lo mismo. Frases como esto es muy fácil o te lo expliqué ya, que curiosamente nunca ayudan a entender nada. Después nos sorprendemos de que no quieran tocar el móvil sin supervisión, como si no hubiéramos convertido cada error en una pequeña humillación pública.

Lo más absurdo es que cuando una persona mayor domina la tecnología se la exhibe como rareza. Mira qué bien se maneja. Usa aplicaciones. Paga con el móvil. Como si no fuera lo normal cuando el diseño es decente y la explicación no viene cargada de desprecio.

El problema nunca fue la edad. El problema es una tecnología diseñada sin pensar en ellos y una actitud que confunde velocidad con inteligencia. Las personas mayores no necesitan que la tecnología sea más simple. Necesitan que sea más honesta, más clara y menos arrogante.

Porque no hay nada más moderno que crear sistemas que excluyen y luego llamar atrasados a los que no encajan en ellos.

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