La tecnología no siempre se vive de igual manera

Hay un punto en la vida en el que dejas de sentir la necesidad de ir siempre un paso por delante en tecnología. No porque te hayas quedado atrás, sino porque aprendes a mirar las cosas con otra perspectiva.

Ya no compras el nuevo iPhone solo porque “es el nuevo iPhone”, ni sientes ansiedad por no haber probado la última red social. En lugar de eso, valoras el equilibrio entre lo que la tecnología te da y lo que te quita.

Es verdad que yo compro y pruebo lo último, pero lo hago para contaros cositas y mi experiencia o por la curiosidad que siente mi yo friky, pero es distinto, algo en mi ha cambiado. Lo hago de forma una más pausada y teniendo más cabeza. Sigo siendo yo, pero a medida que cumplo años uso más la cabeza a la hora de invertir en productos tecnológicos… a veces.

Yo crecí en una época en la que los móviles se medían en tonos de pantalla y los mensajes costaban dinero. Vi nacer Internet, el Messenger, los primeros MP3, los inicios de YouTube… y he acompañado a la revolución tecnológica desde sus cimientos hasta la era de la inteligencia artificial. Pero lo curioso es que, cuanto más avanza todo, más selectivo te vuelves. Aprendes a distinguir entre lo que realmente te mejora la vida y lo que solo busca robarte la atención.

A mi edad, la tecnología deja de ser una carrera y se convierte en una herramienta, especialmente de trabajo. Muchas veces ya no la mides por la potencia del chip, sino por la paz mental que te aporta. Prefieres un dispositivo estable y confiable antes que uno con mil funciones que sabes que no usarás porque no sabes ni encenderlas. Y aunque sigues disfrutando como un niño el día de Reyes cuando hay que descubrir novedades también sabes desconectar sin sentir culpa.

La tecnología ya no me emociona como antes, quizás sea porque cada año es lo mismo. Apple nos vende todos los septiembres el “mejor iPhone de la historia” (faltaría más, nunca van a decir que es el peor o el mismo) y las redes se llenan de vídeos en los que alguien te explica que “esto va a cambiar tu productividad”, pero la verdad es que es igual que el del año pasado. Te venden lo que ya tenías, pero con otro color y una IA que te dice cómo sentirte o una cámara con más megapixeles, zoom o mejor grabación de video… Aunque puede que el fallo sea mío por cambiar cada año.

No es que con el paso del tiempo te vuelvas menos “techie”, sino eres más consciente. Miras con cariño esa época en la que todo era nuevo y emocionante, pero aprecias aún más poder usar la tecnología sin que te use a ti. Y quizás esa sea la verdadera madurez digital sea entender que la innovación no siempre está en lo último, sino en cómo lo integras en tu vida real.

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